El científico y humanista féliz de azara

 

Portada 1 memorias Félix de Azara Portada 2 memorias Félix de Azara

Audio 13 mayo 2017 RNE

Félix de Azara nace en Barbuñales, cerca de Barbastro (Huesca) el 18 de Mayo de 1742 y muere el 26 de Octubre de 1821 en la misma población. Era el tercer hermano de una familia ilustre. Su etapa de formación comenzó a los once años en la Universidad de Huesca, para seguir la carrera militar en el “Colegio de Artillería” de Segovia, en contra de lo que sus padres hubiesen deseado. Ya cadete, pide licencia para realizar estudios de matemáticas, en una de las escuelas más prestigiosas de la época, la de Pedro Lucule, famoso profesor de Ingenieros Militares. Cuatro años después recibe el despacho de “Subteniente de infantería e ingeniero delineador de los ejércitos nacionales, plazas y fronteras” y comienza el ejercicio de su profesión con una preparación sólida y moderna.

En 1775 tomó parte en la expedición contra Argel y en las operaciones de desembarco fue herido y dejado por muerto en la playa: “Los cuidados de un amigo y la osadía de un marinero que le sacó la bala con un cuchillo lo volvieron a la vida”. En 1777, España y Portugal, siempre en litigio sobre la demarcación de sus fronteras en América, fijaron en el tratado de San Ildefonso las bases para resolverlo, cuya ratificación se verificó por la paz de “El Prado” en 1778. Ambos países nombraron sus comisionados para determinar sobre el terreno los limites de sus posesiones. Félix de Azara fue nombrado por la parte española, agregándose a la marina con el grado de teniente coronel de ingenieros. En 1781 parte desde Lisboa, rumbo a Río de Janeiro en un buque portugués (por hallarse España en guerra contra Inglaterra). En este viaje, Félix de Azara recibió el despacho de Capitán de Fragata, porque el rey dispuso que los comisionados fueran todos oficiales de marina y, como capitán de navío, firmó su “Geografía Física y Esférica” y pasó a la posteridad en el cuadro donde Goya le retrató.

El periodo que media entre su llegada a Buenos Aires en 1781 y su vuelta a España en 1801 es el más interesante y productivo de la vida de Félix de Azara , destacando como ilustre militar, brillante ingeniero, exacto geógrafo, sagaz etnógrafo, experto fundador de colonias y ciudades, pero sobre todo como singular y relevante naturalista.

AZARA COMO NATURALISTA

Félix de Azara se encuentra en la América Meridional alejado del mundo culto y en la inactividad de su forzado retiro, porque la Corona le había encomendado una misión pero no había asignado el suficiente presupuesto. Su espíritu investigador e inquieto le hace viajar, observar la flora, la fauna, los indígenas, tomar apuntes y sacar conclusiones que, en un principio, fueron autodidactas. Es, por lo tanto, de capital importancia la lectura que hace en 1796 de la obra de Buffon, naturalista francés, máxima autoridad en la época. La primera reacción tras la lectura fue de desánimo: “Suspendí por algún tiempo, este nuevo, diverso y difícil trabajo, juzgándolo superior a mis luces”. Para convertirse en un acicate, al observar los errores que contenía la obra de Buffon, propios de un maturalista de gabinete: “Pero, reflexionando, observé lo útil que es siempre destruir errores”.

La lectura de Buffon supone para Félix de Azara el centrar sus investigaciones; pues a él, por ser autodidacta en la materia, le faltaba una estructura científico-naturalista, donde pudiera ir apoyando sus investigaciones y este entramaje se lo dió el libro de Buffon. Por ello, a partir de ahora, las investigaciones de Azara van a tener como contrapunto la ciencia de Buffon. En primer lugar, rectificando aquellos errores que Azara detecta en los libros de Buffon. Estos se debían fundamentalmente, al método seguido en la recopilación de datos. Sin embargo, en este aspecto, Félix de Azara es extremadamente riguroso, pues se basa en la observación directa y en una meticulosa elaboración. Siendo esto uno de los grandes aciertos de las investigaciones de Azara que pone de manifiesto su sagacidad en la recogida de datos y su base científica fundamentalmente empírica.

Conforme Azara va conformando su propia estructura científica basada en sus observaciones, se va alejando del “Modelo Creacionista” y la “Teoría Fijista” en la que se apoyaban Buffon y los naturalistas de la época. Para ellos, estas teorías eran un fiel reflejo, en las Ciencias Naturales, de las tesis de Newton, quien afirmaba que en el universo rige un orden perfecto al modo de una maquinaria de relojería y que el universo es un sistema cerrado en cuanto a sus posibilidades. Precisamente, en aceptar el orden cerrado, o no, en cuanto a posibilidades, está la clave de la diferencia de los planes de investigación entre los naturalistas del s. XVIII y del s. XIX. 

Por ejemplo, Azara había observado diferencias entre los animales de una misma especie que no se debían a una causa superficial (Tesis Fijista) sino a una causa interna. El no sabía explicar los mecanismos de la evolución, pero observa que existe, en el ser vivo, la posibilidad de cambiar, con lo cual introduce el desorden, algo se escapa a la perfecta armonía del universo newtoniano y además se acerca al concepto de mutación de la biología moderna.

Resumiendo, podríamos decir que la singularidad de Azara, su importancia como naturalista, no está en la formulación de hipótesis, sino en la ruptura del orden científico del s.XVIII, abriendo un abanico de posibilidades a los programas de futuros investigadores. Desde esta perspectiva podemos afirmar que Azara fue un precedente de la “Teoría de la evolución de las especies” de Darwing.

AZARA COMO HUMANISTA

Azara, por ser un hombre ilustrado, es un polifacético que no sólo centra sus investigaciones en aquello que es cuantificable y medible, es decir, las Ciencias de la Naturaleza, sino que dedica gran parte de su trabajo al estudio del hombre desde varias perspectivas:

Como etnógrafo, haciendo una interesante y sagaz recopilación de datos sobre las costumbres, formas de vida y relaciones humanas de los indios salvajes de la América Meridional.

Como filósofo, interviniendo en la polémica que se suscita a raíz del Descubrimiento de América sobre el origen de los indios y si el “indio” es un ser racional y, por lo tanto, hombre digno de recibir el sacramento de la Eucaristía, o si no llega a esta categoría.

Como historiador, investigando sobre el descubrimiento y conquista de Río de la Plata y del Paraguay.

Como crítico, que imbuido de las ideas filosóficas del s. XVIII analiza “los medios empleados por los conquistadores de América para reducir y sujetar a los indios salvajes”. Contraponiendo los métodos eclesiásticos a los seglares, decantándose por los segundos; porque desde su formación de hombre ilustrado tenía como objetivo primordial la secularización de la cultura y el triunfo de la verdad útil, medida en grados de rentabilidad económica.

Como literato, Azara es un buen escritor en el sentido técnico del término y no artístico. Para Azara el “bien escribir” es un oficio, no un arte, porque él concibe lo literario, no como la búsqueda de la belleza absoluta, sino como el medio para la divulgación científica. Azara escribe en una prosa tersa, con una sintaxis clara, con unas proporciones áureas de la frase, buscándole a sus ideas la mayor concisión y la mayor nitidez. Apuntándose con ello al conjunto de escritores del s. XVIII que crean la prosa moderna y el género del ensayo.

En conclusión, el perfil humano y científico de Félix de Azara es de una gran riqueza. Por eso, cuando el claustro de profesores quiso ponerle un nombre al Instituto, quería que este fuese una meta de su quehacer pedagógico y Félix de Azara simboliza ese deseo de formar a los alumnos :

  • En el espíritu crítico y tolerante.
  • En el deseo de saber y de investigar.
  • En el equilibrio entre las ciencias y las humanidades.
  • En el valor de la cultura y no de la doctrina.
  • En la importancia de ser hombre.

Por Concha Alfageme Ortells

Catedrática jubilada de Lengua y Literatura

Imagen 1 Félix de Azara Imagen 2 Félix de Azara

Félix de Azara nació en Barbuñales (Huesca) en 1742, fue el sexto hijo de una acomodada familia. Su padre, Alejandro de Azara y Loscertales, era señor de Barbuñales y de Lizara y Barón de Pertusa. La influencia de su familia se aprecia en los puestos destacados a los que llegaron sus hermanos: Eustaquio, obispo de Barcelona; José Nicolás fue uno de los ilustrados españoles más destacados y desempeñó importantes misiones diplomáticas al servicio de Carlos III y Carlos IV; Mateo llegó a ser auditor de la Audiencia de Barcelona y Lorenzo profesor de la Universidad de Huesca y Deán de su Cabildo Catedralicio.

La vida de Félix de Azara fue la propia de un ilustrado: curioso, observador, deseoso de conocer y mejorar el mundo que le rodeaba para bien de su pueblo.

Comenzó sus estudios en la Universidad de Huesca donde permaneció cuatro años, terminados los cuales decidió no seguir estudios en la Universidad Sertoriana y eligió la carrera de las armas. A este respecto, se ha de hacer notar que los ilustrados no recibieron su formación científica en las Universidades españolas de mediados del siglo XVIII, ya que éstas estaban ancladas en el más cerrado aristotelismo y en sus aulas no se impartían ni ciencia moderna, ni matemáticas, ni ninguna de las llamadas ciencias útiles. La ciencia moderna y las matemáticas, que tanto interesaban a los ilustrados, se estudiaban en los Seminarios de Nobles o en las Academias Militares. En 1761 se trasladó a Barcelona donde se formó en matemáticas en la escuela que había enseñado el famoso Ingeniero Militar Pedro Lucuce. En 1767 era subteniente de Infantería e Ingeniero delineador de los ejércitos nacionales, plazas y fronteras.

Durante los siete años siguientes se dedicó a tareas que, actualmente, no asociamos con las ocupaciones habituales de la milicia. Trabajó en las correcciones hidrográficas de los ríos Oñar, Tajuña, Henares y Jarama; se ocupó de reconstruir las fortificaciones de Mallorca. Tanto celo demostró en todos sus cometidos que fue nombrado Maestro de Estudios de Ingenieros de Barcelona. De esta época datan los trabajos que realizó en las obras de fortificación de Figueras y una estatua, que todavía se puede contemplar hoy en el Parque de la Ciudadela de Barcelona.

En 1775 España entró en guerra con Argelia y la doble vertiente de su formación, como ingeniero y como militar de armas, lo llevó a ese escenario de lucha donde resultó herido de gravedad. Trasladado a la península en un barco de su protector, el Conde de Fuentes, tuvo una larga convalecencia debida a la infección de la herida que le provocaba fiebre continua y no cicatrizaba. En el proceso de curación se le extirpó parcialmente una costilla y la convalecencia duró cinco años.

Hay un dato curioso, y es que, entre los achaques que padeció en el largo proceso de curación de la herida de guerra, sufrió unas tremendas molestias de estómago que le aparecían después de las comidas, hasta que un médico le dijo que no probara el pan – santo remedio. Dejó de comer pan, le desaparecieron las malas digestiones y se fue entrenando para la dieta de carne asada a la que iba a estar sometido durante los casi veinte años de su aventura sudamericana.

El motivo político por el que Félix de Azara llegó a ser el naturalista español más afamado de su tiempo, y que, seguramente, de no haberse planteado, ni siquiera hubiera ido a América, fue el de cumplir las exigencias del Tratado de Tordesillas.

Según el Tratado de Tordesillas de 1494, una comisión mixta hispano-portuguesa debería determinar un meridiano tal que al Este del mismo las tierras fueran portuguesas y al Oeste españolas. El meridiano no se delimitó nunca porque a los portugueses les interesaba tener las fronteras imprecisas para poder avanzar hacia el Oeste en busca de piedras preciosas y en busca de esclavos. El avance portugués se vio favorecido por el tipo de conquista que realizaban los españoles, recorredores de grandes distancias en busca de gloria, hazañas o tierras de promisión, como sucedió con El dorado.

Las fundaciones de poblaciones españolas eran efímeras y las que superaron el paso del tiempo no siempre estaban habitadas por gentes equipadas e instruidas. Sin embargo, Portugal a lo largo de sus avances hacía asentamientos de bandeirantes, pobladores de múltiples nacionalidades y mercenarios, que acudían a Brasil con sus familias en busca de metales preciosos y también de tierras donde asentarse. Eran pobladores dotados de buenos instrumentos de cultivo y de conocimientos técnicos. Los bandeirantes se introducían progresivamente en el despoblado y desprotegido territorio español para hacer contrabando y mantener una indeterminación de fronteras favorable a Portugal. Si a la situación se le añade que los jesuitas habían fundado sus misiones en la zona fronteriza en litigio se completan las causas del retraso secular de la fijación de las fronteras americanas entre España y Portugal.

En 1750 se hizo un nuevo tratado en el que se reconocía buena parte de la situación de hecho creada en siglo y medio por Portugal y los jesuitas. En este nuevo Tratado España salía perjudicada con respecto a lo dispuesto en el Tratado de Tordesillas.

Las razones fundamentales que motivaron el hecho de que Félix de Azara fuera trasladado a América por orden del rey fueron: evitar que España viera aún más mermadas, en otro posible Tratado, sus posesiones ultramarinas; la sublevación de indios cristianos; la elaboración de fiables catastros de poblaciones de origen europeo y la determinación de la autoridad sobre ciudades que aparecían en la franja fronteriza.

Recuperado de la herida argelina, Félix de Azara se incorporó a la guarnición de San Sebastián, en 1780, con el grado de Teniente Coronel. En 1781 recibió orden de presentarse al embajador de España en Lisboa. De allí partió con sus compañeros para ponerse a las órdenes del virrey de Buenos Aires, el 12 de Marzo llegaron a Río de Janeiro y el 13 de Mayo a Montevideo.

En su Geografía física y esférica, que permaneció manuscrita hasta 1907, se reflejan las sensaciones de un hombre que, en 1790, había comprendido que la comisión de portugueses para delimitar fronteras no llegaría, y que tenía que enfrentarse con la necesidad de ocupar el tiempo de espera forzada en algo útil, tal y como correspondía a un ilustrado convencido. En su Geografía se manifiesta en ese sentido:

Llegué a Asunción, capital de Paraguay, donde supe que no había portugueses ni noticias de ellos, por cuyo motivo no quise afrontar cosa alguna ni hacer el menor costo, porque además yo sospechaba con bastante fundamento que dichos portugueses tardarían en llegar, y aunque en consecuencia mi demora en Paraguay sería dilatada no se me había dado instrucción para este caso y me vi precisado a meditar sobre la elección de algún objeto que ocupase mi detención con utilidad. desde luego vi que lo que convenía a mi profesión y circunstancias era acopiar elementos para hacer una buena carta sin omitir lo que pudiese ilustrar la geografía física, la historia natural de las aves y los cuadrúpedos y finalmente lo que pudiera conducir al perfecto conocimiento del país y sus habitantes.

Como su misión oficial era esperar a los portugueses, muchos de los viajes que realizó para conocer el país los hizo a escondidas y a sus propias expensas. Muchas veces pedía permiso al virrey para viajar él y sus acompañantes con excusas. En esos viajes escondía los aparatos de medida para no levantar sospechas. Cada día a mediodía observaba la latitud por el sol y durante la noche la determinaba por las estrellas. Jamás viajó sin un aparato de reflexión de Halley y un horizonte artificial. En los viajes llevaba baratijas y alcohol para atraerse a los indios, un escaso equipaje y una escasa intendencia, por lo que, en sus largas expediciones, tenía que someterse a dietas de carne asada. Completaba los datos obtenidos en las expediciones con datos de archivo, pero estaban como los archivos estaban muy desordenados conseguía poca información.

Azara tenía formación como ingeniero militar y estaba versado en matemáticas y ciencia moderna, pero no tenía una preparación adecuada como naturalista. No obstante, tenía firmemente adquirido el método científico por su educación y por su ejercicio profesional. Su espíritu científico le llevó elaborar una obra sólida, admirada en toda Europa por su rigor observacional, por sus métodos de clasificación y por sus teorías. La obra naturalista de Azara quedó recogida en tres libros fundamentales: Viajes por la América Meridional, editados en París, y en francés, en 1809; Apuntamientos para la Historia Natural de los páxaros del Paraguay y del Río de la Plata, ultimado en 1796 y publicado en 1802; Apuntamientos para la Historia Natural de los cuadrúpedos del Paraguay y del Río de la Plata, que completó al final de sus estancia americana.

El método de Félix de Azara como naturalista le llevó a corregir afirmaciones erróneas emitidas por Buffon en su Historia Natural y a ser considerado por algunos autores como precursor de las teorías hereditarias del siglo XIX y de las evolucionistas de Darwin. Debe hacerse notar que la obra dio a los naturalistas de su tiempo y a los posteriores un material observacional útil y abundante junto a unos temas sobre los que investigar y reflexionar.

Félix de Azara observaba a los animales en su medio natural, los medía, estudiaba sus colores, las diferencias entre machos y hembras, realizaba un dibujo y proseguía con la clasificación por familias. Azara era consciente de que no conocía los métodos de clasificación de Linneo ni los nombres dados a los animales por Buffon, máximo naturalista del siglo. Por eso vio la necesidad de estudiar la obra de Buffon, que, con todo apremio, pidió a España. En 1796, en su viaje a Buenos Aires, recibió la obra de Buffon, pero él ya tenía solucionado el problema de clasificación de los pájaros y terminada la obra Apuntamientos para la Historia Natural de los páxaros del Paraguay y del Río de la Plata. La obra de Buffon le sirvió para recoger datos de los cuadrúpedos del Paraguay y del Río de la Plata según la taxonomía Buffoniana.

Al recibir la obra del sabio francés, Azara constató que Buffon no conocía muchas especies americanas o que las había visto deterioradas por el traslado o por la mala conservación. Además, el naturalista español aportaba ricas observaciones sobre el medio natural en que se desenvolvían los animales y sustanciosas reflexiones sobre vida y comportamiento de las diferentes especies.

Azara aportó a la comunidad científica, además de un material observacional científicamente clasificado, una serie de opiniones que lo enfrentaron a las tesis comúnmente aceptadas. Así, para explicar la aparición de especies idénticas en diferentes continentes, no aceptaba la hipótesis de las grandes emigraciones, en cambio mantenía la teoría creacionista, aunque modificada con las hipótesis de creaciones simultáneas y creaciones sucesivas. Proponía como causas de las mutaciones (evoluciones) observadas en diferentes especies animales las de carácter interno y, de este modo se aproximó a una teoría de la herencia que cristalizaría en el siglo XIX. 

Su obra no fue reconocida al principio, es más, algunos de los productos de sus minuciosas observaciones fueron tirados, literalmente, a la basura. Tal es el caso del envío que le hizo en 1789 a Floridablanca de cuatrocientos pájaros conservados en alcohol. El ministro los remitió al vicerrector del Gabinete Real de Historia Natural, José Clavijo Fajardo, el cual sólo vio en aquella preciosa aportación de Azara que los nombres de los pájaros estaban en indio (por aquellas fechas Azara no conocía la obra de Buffon), que no se citaba en el trabajo ni a Buffon ni a Linneo y que las hipótesis emitidas por Azara cuestionaban las de estos autores. 
En 1801 regresó a España y, gracias a su hermano José Nicolás fue presentado en París a grandes investigadores, acogido en muchas sociedades científicas y recibido con honores en el Museo de Historia Natural. Cuando en 1803 volvió a Madrid rechazó el virreinato de Méjico y en 1805 aceptó ser miembro de la Junta de Fortificaciones. Ese mismo año se retiró a Barbuñales, desde donde redactó numerosos informes y donde murió en 1821. 
Una prueba del talante ilustrado y no absolutista de este sabio aragonés es que en 1815 rechazó la Orden Americana de Isabel la Católica que acababa de ser creada por Fernando VII.

Por Víctor Arenzana Hernández

Catedrático jubilado de Matemáticas